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 published: 2008-04-04

Un peregrino de Ghana en el Santuario de la MTA

Padre Augustine Kizito Abizi: una muerte cristiana y una historia de fe

 

Padre Augustine Kizito Abizi

Father  Augustine Kizito Abizi

P.  Augustine Kizito Abizi

Fotos: Donnelly © 2008

 

Una de las ultimas fotos del Padre Augustine Kizito Abizi, escuchando a las canciones

One of the last photos of Father  Augustine Kizito Abizi, listening to the songs

Eins der letzten Fotos von P.  Augustine Kizito Abizi, beim Singen im Seminar

Fotos: Donnelly © 2008

 

 

 

ROMA, Simon Donnelly. Oh ¡qué anhelo! Nosotros anhelamos, Señor, morir en tus brazos, morir mirando al cielo, tener una muerte digna. En nuestros últimos días, en nuestras ultimas horas, queremos abandonarnos en tu misericordia, tu santa y divina misericordia. Sin ella no podemos seguir adelante. Nuestra alma vive de ti; a la sombra de tus alas, tu mano derecha nos sostiene con seguridad. Te rogamos, Reina y Madre, intercede por nosotros, sostennos de tu mano en nuestro último viaje. Tú que no abandonaste la cruz donde tu hijo moría lentamente, no te apartes de nuestro lado a la hora de nuestra muerte. He visitado a un hombre que acaba de morir hoy – domingo 30 de marzo de 2008 –, yacía dormido en la esperanza de la vida eterna. Tras meses de sufrimiento, su cuerpo terrenal estaba finalmente en paz. Los rastros externos del cáncer que lo mató se habían desvanecido. Pero en nuestros corazones y nuestras mentes quedarán grabados su voz, su afecto, su ser paternal, su escucha pastoral, su ronca risa (entre toses ásperas), y más que nada su simple y santa compañía en medio de tanto sufrimiento.

Este hombre ciertamente no era un peregrino de Schoenstatt, por lo menos no explícitamente. A lo mejor era más bien un peregrino anónimo schoenstattiano. Permaneció postrado durante estos últimos meses con una pequeña imagen de la Madre Tres Veces Admirable sobre su cama. Cuando le mostraron la MTA al P. Kizito (un sacerdote de Ghana, amigo de la comunidad de sacerdotes que dirige nuestro seminario), y empezó a escuchar un poco acerca de Schoenstatt, interrumpió al narrador y dijo simplemente: "Conozco Schoenstatt". Esto fue muy sorprendente para alguien que viene de un país donde aun no hay un Santuario de Schoenstatt o de algún miembro de cualquiera de los institutos o federaciones o ligas o peregrinos… y sin embargo, por lo menos ha existido este viejo peregrino de Ghana para la Madre Tres Veces Admirable, nuestra Reina y Vencedora.

Reunión de amigos

El P. Kizito conoció Schoenstatt por un joven sacerdote alemán con el que se hizo amigo hace 25 años, cuando visitó Alemania para estudiar el idioma. En ese tiempo el P. Kizito era un joven sacerdote que completaba sus estudios en Roma. El sacerdote alemán se llamaba "Franz". Le pregunté más acerca de esta historia ¡y descubrí que era un joven Padre de Schoenstatt! En cuestión de horas habíamos encontrado una dirección de correo electrónico a través de la Oficina de Prensa de Schoenstatt, e inmediatamente obtuvimos una respuesta de aquel joven sacerdote de hace un cuarto de siglo (que ahora reside en Schoenstatt, Alemania, y es el Padre Franz Widmaier). Este Padre inmediatamente hizo planes para viajar a Roma unos días después. Y los dos amigos estuvieron reunidos bajo la imagen de Nuestra Señora de Schoenstatt (todavía sobre la cama del P. Kizito, y que quedó allí después de su muerte). Ella, que silenciosamente cumplió la tarea que le fue encomendada por el Espíritu Santo, continúa uniendo a sus hijos en nombre de Cristo.

El P. Franz ha dicho que el P. Kizito sigue igual que hace tantos años, solo que algo más viejo y enfermo (y con una brillante calva, producto de la quimioterapia, donde alguna vez estuvo una saludable cabellera,). Debía de rondar los 60 años, aunque cuando llegó en octubre a nuestro seminario apenas parecía tener 50. (antes de morir, en estas ultimas semanas, había envejecido aceleradamente).

Puedo decir que Dios realmente tiene un camino especial para cada seminarista.

El P. Kizito escuchaba diariamente la Radio del Vaticano, en un pequeño receptor que le prestaron, y un CD de cantos gregorianos de un monasterio de Fontgombault, en Francia. Rezaba con el Papa y con toda la Iglesia, en lo que podía seguir en su radio. Otro joven seminarista cuya madre murió al principio de este año, rezaba el rosario todas las tardes con el P. Kizito. De esta manera, sin pensarlo, comenzó su ministerio en nuestro seminario. El sacerdote enfermo se convirtió en un padre para todos nosotros. Íbamos a cuidarlo, pero era realmente él quien nos cuidaba a nosotros de muchas maneras. Escuchaba nuestras historias alegres, nuestras frustraciones y nuestras crisis. Sabíamos que se acordaba de lo que le decíamos, pues más adelante recordaba cosas especificas que habíamos dicho antes. Sus consejos eran sabios y rezaba por nosotros, ofrecía su sufrimiento por nosotros, nos daba ánimos. Un día me dijo: "después de 30 años de formación, puedo decir que Dios realmente tiene un camino especial para cada seminarista". A los dos seminaristas que estábamos ahí nos prometió asistir a nuestra ordenación sacerdotal en Johannesburgo (¡quizá para la Copa del Mundo de 2010!). Yo me preguntaba silenciosamente si esto sucedería realmente. Ahora sé que no será así, pero él tenía esperanzas… Para mi cumpleaños de este año le encargó a un amigo que me comprara un libro de los Salmos, y le agregó una tarjeta de cumpleaños que este mismo amigo había comprado en Norteamérica. El día de mi cumpleaños, muy temprano a la mañana llamó a mi puerta y me lo entregó personalmente- Para ello subió los tres pisos que lo separaban de mi cuarto. Esto lo tuvo exhausto el resto del día, pues requirió un enorme esfuerzo físico de su parte.

Su pasión

Con gratitud recibía la comida que se le llevaba a pesar de que no era tan apetitosa. Rezábamos con él y murmuraba "sí", "amén". Recé con él la pequeña consagración a María, la que acostumbramos rezar en Schoenstatt. Le leíamos las lecturas del domingo si no podía participar en la Sta. Misa. Siempre se arreglaba completamente los domingos para poder concelebrar, aunque le tomara horas prepararse. Varios de nuestros diáconos le llevaban la comunión.

Finalmente, antes del Domingo de Ramos, fue ungido en nuestra pequeña capilla de la Mater Admirabilis junto a su cuarto. "¿Cómo harás para aguantar toda la Sta. Misa?" le pregunté, pues habían pasado semanas desde la última vez que pudo bajar para participar en una Sta. Misa completa con nuestra comunidad. Giró la cabeza y con una sonrisa cansada dio un golpecito a la imagen de la MTA en la pared y dijo: "Ella me ayudará". Aún cuando apenas podía caminar, llegó, y cuando fue la hora de rezar por él, espontáneamente cayó de rodillas y luego se tendió postrado en el suelo frente al altar. Esta era su Pasión, pensé mientras lo ayudábamos a levantarse del suelo, y probablemente lo era, pues para el Viernes Santo ya estaba demasiado débil para abrir los ojos o participar en la liturgia. La ultima Sta. Misa en la que participó desde la cama del hospital, parece ser que fue la del Domingo de Ramos, el día que nuestro Rey entró a Jerusalén sabiendo que pronto moriría.

"¿Tienes miedo? No lo tengas. ¡Dios existe! ¡Ten fe!"

La mayoría de nosotros partimos en la semana de Pascua, algunos a lugares lejanos al otro lado del mundo. Mientras la ambulancia lo llevaba al hospital de donde nunca volvería, miró a un joven seminarista de Ghana que estaba con nosotros y le dijo: "¿Tienes miedo? No lo tengas. ¡Dios existe! ¡Ten fe!" El Padre Kizito, en sus últimas horas, aún cuidaba de sus hijos que quedarían atrás. Los que se quedaron en el seminario lo cuidaron durante esos días santos mientras permanecía postrado en el Hospital Camillostate. Sabían que se estaba muriendo.

Los que lo vimos sufrir en las últimas semanas que estuvo en la casa y en el hospital, dicen que mostró como se debe sufrir, una especie de sufrimiento gozoso. Todo tipo de reflexiones llegaron de todas partes de la casa e incluso de nuestros hermanos de comunidad ortodoxos. En las diversidades culturales, en las diferencias litúrgicas y lingüísticas, uno puede reconocer con orgullo lo que es el sufrir como cristiano. "Sufrir y morir en Cristo lo transforma todo" dijo el joven seminarista cuya madre murió en enero.

Me dicen que el P. Kizito lloró cuando finalmente tuvo que admitir que iba a morir. Es difícil aceptar que uno va a morir estando tan lejos de casa, rodeado de monitores de hospital, televisores, otros pacientes y sus parientes, enfermeras que no sabían o incluso no les importaba que fuera un sacerdote, una directora del hospital que fumaba sin parar. Aún así, el Padre Kizito nunca se quejó. Nunca lo escuché quejarse de nada; ni de la soledad, de la gente, de la lejanía de su diócesis y de su propia familia (incluso de su anciana madre, aún viva, lo que desconocíamos).

En su cama del hospital el P. Kizito fue físicamente reducido nuevamente a un niño; probablemente lo más difícil fue renunciar a su independencia. Aquellos que lo visitaron en sus últimos días dicen que no podía siquiera mover la cabeza o abrir sus ojos. "Tan demacrada estaba su cara que apenas lo reconocíamos." Su cuerpo se había encogido, deliraba y parecía batallar con enemigos invisibles por sus gesticulaciones. Pero en medio de todo esto, tenía momentos de tremenda lucidez. Él, que estaba demasiado débil para hacer cualquier cosa, se levantó un día de su cama y bendijo a un hermano seminarista que estaba ahí y luego se volvió a acostar.

"Ciao, padre..."

Algunas personas, de las que nunca se lo hubiera esperado, visitaron este terrible hospital. Una de las cocineras italianas de nuestra casa no solo lo visitó, si no que también lavó su cara, sus manos y sus pies. Ella era María ungiendo a su Señor con un caro perfume. Ocasionalmente durante sus últimas horas, el P. Kizito podía todavía sostener algo firmemente. Egoístamente, esperaba que pudiera aguantar hasta que yo regresara a Roma, pero él de alguna manera ya se había despedido de mí: mientras un taxi me llevaba al aeropuerto a las 4 de la mañana, recibí una llamada de él para decirme adiós, me pidió que le diera sus saludos a mis papás en Sudáfrica. Nunca antes me había llamado.

Creo que probablemente él sabia que iba a morir; "Me siento cada vez mas débil" me dijo suavemente algunos días antes. Yo iba en camino a casa, a África, volando sobre el país del Padre Kizito y el lugar donde él hubiese querido estar, Ghana.

En mi última visita a los restos mortales del P. Kizito, en la silenciosa selva que es la morgue del hospital, me encontré de repente con nuestra cocinera. Ella, que viene de un país cuya cultura no es del todo feliz por tener algo que ver con la muerte, estaba en la morgue para despedirse tan pronto supo que el Padre Kizito había muerto. Rezamos a su lado. Hablamos un rato en presencia de nuestro amigo y antes de partir ella dijo: "Ciao, padre..., Addio" (a Dios). Hasta el último día.

Al regresar a su habitación, encontré señales de todo el amor que se le tenía: fotos enviadas por amigos y parientes en África y América, una Cruz de la Unidad de Schoenstatt, agua bendita traída desde Lourdes por otro seminarista. La silla, donde permaneció sentado en agonía por tanto tiempo, se encuentra ahora vacía. Pero alguna de las sillas celestiales seguramente ha recibido a un nuevo ocupante.

En este "Whitesuntide", en este domenica in albis, hemos recibido el regalo de una nueva fiesta: el domingo de la Divina Misericordia, la fiesta en la que en 2005 el Santo Padre Juan Pablo II pasó de la vida terrenal al nacimiento celestial. En este mismo día, tres años después, su siervo Augustine Kizito Abizi, sacerdote de Dios, volvió su rostro y puso sus pies en el ultimo camino, yendo apresuradamente a encontrarse con la muerte… y de ahí hacia la vida. Estamos de luto por su partida. Sentimos que nos ha dejado y esperamos con ansia la dulzura de reencontrarnos en la casa del Padre. Madre, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Que el Padre Kizito descanse en paz.

Traducción: Alan Shaun Cabello, San Luis Potosí, México

 


 

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Last Update: 04.04.2008